Los conflictos entre alumnos y profesores

El profesor, en su labor de conducción de la clase, es el responsable de mantener el orden y las condiciones adecuadas para un desarrollo eficaz del proceso de enseñanza-aprendizaje. La relación entre alumno y profesor es una variable que influye tanto en la creación de un buen clima en el aula como en el grado de satisfacción que alumno y profesor muestran en dicho proceso. Como es normal, en esta relación surgen conflictos. El maestro debe contar con estrategias y recursos para la prevención y resolución de conflictos, como por ejemplo, dirigir mensajes en primera persona al alumno en cuestión o aplicar la disciplina asertiva en el aula.

Sin embargo, cuando todo esto se aplica y los conflictos persisten, la situación se torna problemática. La empatía, la cooperación y la confianza en el otro se diluyen, por lo que se impone la necesidad de tomar ciertas medidas para resolver la situación.

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Una de las posibilidades la encontramos cuando el profesor impone una solución al problema. Por ejemplo, cuando se expulsa a un alumno que incordia constantemente en clase. Esta opción no es la más aconsejable y debería reservarse sólo para situaciones extremas, pues se limita a zanjar el problema.

En el lado opuesto estaría la situación en la cual el profesor cede a las exigencias del alumno. Sólo debe emplearse excepcionalmente ya que, en general, es una mala idea ceder ante los alumnos, salvo que nuestra posición fuera errónea desde el principio.

Entre ambos extremos se encontraría, probablemente, la opción más aconsejable y sensata, en la que el maestro y el alumno acuerdan una solución. En el empleo de este sistema se tienen en cuenta tanto las necesidades del profesor como las del alumno. A nadie se le exige que ceda por completo y todos los participantes conservan el respeto por sí mismos y por los demás. Esta etrategia se puede llevar a cabo siguiendo una serie de etapas:

1. Definir el problema. ¿Cuáles son exactamente las conductas implicadas? ¿Qué se quiere de cada persona?.

2. Generar muchas posibles soluciones (lluvia de ideas). Pueden ser de cualquier tipo y hasta las más diversas, pero todavía sin evaluar ninguna.

3. Evaluar cada solución. Tanto el profesor como el alumno pueden vetar cualquier idea. Si no se halla una solución aceptable, meditar de nuevo sobre el asunto (retroceder a la etapa anterior).

4. Tomar una decisión. Escoger una solución a través del consenso, sin que se admita una votación. Al final, todo el mundo debe quedar satisfecho con la solución.

5. Determinar cómo poner en práctica la solución. ¿Qué se necesitará? ¿Quién se responsabilizará de cada tarea? ¿Cuál será la secuencia de tiempo?.

6. Valorar el éxito de la solución. Tras ensayar por un tiempo la solución, preguntar: ¿Estamos satisfechos con nuestra decisión? ¿Hasta qué punto funciona? ¿Deberíamos hacer algunos cambios?

La disciplina y el control del aula

Las conductas pertubadoras o la falta de disciplina en las aulas no es un hecho aislado, sino que cada vez es más frecuente y constituye uno de los principales problemas con los que se encuentran los profesores en las aulas de todos los niveles y a todas las edades. Sin duda, en la enseñanza secundaria es un problema de fuerte preocupación, pues la obligación de permanecer en ella hasta los 16 años implica la permanencia en las aulas de un elevado número de alumnos que rechaza la escuela y provoca conflictos, actos de rebeldía e, incluso, de agresión.

La disciplina en el aula es necesaria para el aprendizaje y, según Ausubel, desempeña cuatro funciones importantes en la formación del individuo:

  • Es necesaria para la socialización, pues se aprenden las normas de conducta que son aprobadas y toleradas en una cultura.
  • Es necesaria para la maduración de la personalidad, para adquirir rasgos como la confianza en sí mismo, el autocontrol, la persistencia y la capacidad para tolerar la frustración.
  • Es necesaria para la internalización de normas y obligaciones morales.
  • Es necesaria para la seguridad emocional de los niños.

Por tanto, es necesario para el profesor contar con recursos suficientes para el control del aula, esto es, para la conducción de la clase de tal manera que reúna unas condiciones que permitan a los alumnos dedicarse y centrar su atención en las actividades escolares y que prevenga la aparición de comportamientos perturbadores o de falta de disciplina.

Existen tres programas, basados en los principios conductuales, que pueden ser usados para la disciplina en el aula (Woolfolk, 1999): las consecuencias grupales, las economías de fichas y los contratos de contingencias.

Las consecuencias grupales

Esta estrategia consiste en aplicar recompensas o castigos (reforzamiento de la conducta) al grupo entero cuando se respetan o violan las normas de conducta.

Las consecuencias grupales se recomiendan en situaciones en las que a los estudiantes les interesa la aprobación de sus compañeros. Si la mala conducta de algunos alumnos parece alentada por la atención y las risas de otros estudiantes, entonces las consecuencias grupales podrían resultar de ayuda. Sin embargo, si el grupo no tiene influencia real sobre una persona, no debería sufrir por la mala conducta o los errores de ese individuo.

Programas de economía de fichas

Es un sistema en el que los estudiantes obtienen fichas o puntos por el trabajo académico y la buena conducta en el aula pueden cambiarse por alguna recompensa deseada. Las recompensas se elegirán en función de la edad de los estudiantes (juguetes, tiempo libre, ciertos privilegios…) o, si se cuenta con la colaboración de los padres, pueden canjearse en su casa (nunca si se sospecha que pueden recibir severos castigos por llevar malos informes).

Con este método se consigue gratificar a todos los alumnos que lo merecen. Sin embargo, es complicado y consume mucho tiempo, por lo que se debe reservar para situaciones concretas:

  • Para motivar a alumnos totalmente desinteresados y que han respondido mal a otros métodos.
  • Para animar a estudiantes que de continuo no logran hacer progresos académicos.
  • Para manejar un grupo fuera de control.

Programas de contratos de contingencias

En este sistema el profesor suscribe con cada estudiante un acuerdo individual que establece con precisión lo que debe hacer para obtener un privilegio o recompensa en particular.

En algunos programas, los alumnos participan en la decisión de las conductas que serán reforzadas y de las recompensas que pueden obtenerse. El proceso de negociación en sí puede ser una experiencia educativa, en la medida en que los estudiantes aprenden a establecer metas razonables y a acatar los términos de un contrato.

La participación en el aula

Sin ninguna duda, conseguir un aula participativa aumenta el interés y la motivación de los alumnos, al tiempo que se involucran activamente en su propio aprendizaje y en que éste se produzca de forma significativa.

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A continuación se ofrecen una serie de recomendaciones para fomentar la participación de los estudiantes:

  • La presentación de la lección influye en el grado de participación del estudiante, por lo que deberán ser amenas, claras, organizadas y dinámicas, con abundantes ejemplos y preguntas a los alumnos.
  • La supervisión del profesor aumenta la participación. Se debe revisar el progreso del trabajo de todos los alumnos de manera constante, incluso de los que no piden ayuda, pues quizá no hayan entendido bien o, en ocasiones, son demasiado tímidos para preguntar.
  • Los alumnos se muestran más activos frente a tareas bien definidas y relacionadas con el mundo real. Se deben especificar con claridad los requisitos del trabajo y los pasos aseguir. Así se evitará que los alumnos se pierdan, serán capaces de avanzar y relacionar cada etapa con la siguiente y se verán motivados para conseguir la respuesta.
  • Los plazos de entrega deben ser razonables y suficientes para el correcto desarrollo de la tarea, de manera que no se sientan agobiados e incapaces de entregarla a tiempo. Los alumnos deben comprender la importancia de realizar su trabajo en el tiempo que se les concede, al tiempo que adoptan y consolidan una rutina. Es conveniente, sobre todo en los cursos inferiores, recordar las fechas de entrega de los trabajos que faltan de entregar.
  • Los alumnos deben recibir una retroalimentación frecuente. La evaluación debe ser entendida como una oportunidad de mejorar. El profesor debe ser rápido en las correcciones e incorporar las observaciones oportunas que permitan al alumno reconocer sus logros y aprender de sus errores. En cursos superiores, los alumnos deberían conocer los criterios de evaluación y, en el caso de trabajos largos y complejos, se podría considerar la entrega por fases, de manera que cuenten con un seguimiento y una oportunidad de mejora a lo largo del proceso.
  • En los debates, el profesor debe procurar que todos los alumnos tengan oportunidad de intervenir, por ejemplo, solicitando su opinión o una valoración sobre lo que ha dicho un compañero.

La creación de espacios de aprendizaje

El proceso de enseñanza-aprendizaje se produce en un escenario específico, el aula, y su desarrollo va a estar determinado por una serie de factores, que se denominan variables ecológicas, relacionados entre sí, como son las características físicas del aula, la distribución de los alumnos en el mismo y las interacciones personales que en él tienen lugar.

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Hasta hace poco, el ambiente de clase no era considerado como un instrumento que respaldara el proceso de aprendizaje. Sin embargo, la disposición del aula, cuidadosa y diestramente organizada, añade una dimensión significativa a la experiencia educativa del estudiante, atrayendo su interés, brindando información, estimulando el empleo de destrezas, comunicando límites y expectativas, facilitando las actividades de aprendizaje, promoviendo la propia orientación y, en definitiva, respaldando y fortaleciendo el deseo de aprender.

Según Weinstein, para la distribución del espacio en el aula, pueden considerarse dos opciones:

  • La organización por áreas de interés, en la que la clase se organiza en diferentes zonas de actividades específicas, de manera que los alumnos vayan pasando por cada una de ellas en función de las diversas tareas. La distribución en el aula se realiza en función de las opciones y requerimientos. Esta disposición por zonas o núcleos de interés, típica de educación infantil, permite una mayor variedad de acciones y relaciones.
  • La organización por territorios personales, en el que cada alumno tiene un puesto propio en el que realiza todas sus actividades. Con esta distribución los alumnos que se sitúan en las partes delanteras y centrales del aula (denominadas, por Adams y Biddle, zonas de acción) muestran una mayor participación e interés y tienen más posibilidades de interacción verbal y visual con el profesor. Por ello, se recomienda que el profesor se desplace por el aula para que todos los alumnos puedan interactuar con él, se dirija directamente a aquellos que están más alejados y, al mismo tiempo, se hagan rotaciones en las posiciones de los alumnos.

Hay que tener en cuenta que estos dos modelos no se excluyen y pueden combinarse. Siempre existe la posibilidad de cambiar la disposición de los asientos, ya sea en filas, círculos o grupos, si así lo requieren las actividades que se vayan a desarrollar.